La Consagración-07

La primera oración del Canon antes de la consagración.-

I.

Esta oración, se compone de tres partes que forman un todo, una sola oración con una única conclusión final. Te igitur, Memento Domine, Communicantes… Per eundem Christum Dominum nostrum.

El comienzo de esta oración está precedido y acompañado de ceremonias destinadas a reforzar el sentido de las palabras. Antes de comenzar, para expresar el impulso de su alma hacia Dios, para mostrar que se dirige hacia el Padre celestial y que implora su asistencia, el sacerdote eleva los ojos y las manos. Los baja enseguida, se inclina profundamente y pone sobre el altar sus manos juntas: en ese momento comienza el canon. 

Ninguna otra postura podría ser más conveniente, ya que es el momento en que presenta sus humildes y respetuosas súplicas a Dios, que es elevado sobre todos los pueblos y que mira con bondad las cosas del cielo y de la tierra, según reza el Salmo 92. Antes de las palabras uti acepta habeas et benedicas, besa el altar y pronunciando haec dona, haec munera, haec sancta sacrificia illibata, hace con la mano tres signos de la cruz sobre el pan y el vino. Como en la bendición al final de la misa, el beso del altar y los signos de la cruz tienen una íntima relación; forman un todo litúrgico, en que las palabras que le acompañan proporcionan el simbolismo. El sacerdote implora con gran fervor la bendición de los elementos eucarísticos y, al ser designados por tres nombres diferentes, hace tres veces el signo de la cruz, para que los actos correspondan con las palabras. Según el texto, es necesario ver este acto litúrgico como una bendición. Se puede además, y sin hacer violencia a los términos de esta oración, referir el signo de la cruz al sacrificio del Calvario, que la consagración va a realizar de nuevo sobre el altar por la inmolación de la misma víctima. Ahora bien, puesto que esta triple ceremonia es una verdadera bendición de los dones que se ofrecen, el beso del altar que le precede es como su preparación. ¿En qué sentido? Seguramente con este beso, el sacerdote muestra a Dios su respeto  y sumisión; pero quiere especialmente representar y renovar así de una manera simbólica su unión con Jesucristo por el amor. Es Jesucristo, en efecto, quien muestra todo su poder de bendecir, puesto en ejercicio por los tres signos de la cruz sobre el pan y el vino.

El sacerdote dice: Te igitur clementissime Pater. La partícula igitur (así pues), une lo que sigue a lo que precede y muestra la estrecha unión del prefacio y del canon. Es como si dijera: “Después de haberos ofrecido, oh Padre misericordioso, nuestros homenajes y nuestras acciones de gracias, venimos ahora con nuestras oraciones”. A ejemplo del Salvador, y según su precepto, la Iglesia dirige su oración a Dios Padre y se la presenta de la manera más propia para ser aceptada. Invoca a Dios como un Padre misericordioso por Jesucristo, con humildad e insistencia.

Se llama a Dios Padre misericordiosísimo, porque está siempre dispuesto, en razón de su caridad y de su bondad infinita, a no juzgarnos ni castigarnos según el rigor de su ley, sino a tener piedad de nosotros, a perdonarnos y reducir en todo o en parte los castigos que hemos merecido. “En las obras y en los juicios de Dios, -dice San León-, todo esté lleno de una justicia verdadera y de una misericordiosa clemencia”. Vamos pues, con plena confianza hacia Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de la misericordia y Dios de todo consuelo (2 Cor. 1, 3), cuya misericordia en el perdón de los pecados no conoce límites: es dulce y compasivo, lleno de piedad hacia los que le invocan, como dice el Salmo 85 y escucha siempre la voz de nuestras súplicas. Y nosotros lo hacemos tanto mejor, cuanto que dirigimos nuestras oraciones por medio de Su Hijo. Por la Encarnación de este Hijo Unigénito, Dios se ha revelado al mundo como el Padre de Jesucristo. En Él tuvo piedad de nosotros y nos ha dado el espíritu de hijos, en el que le llamamos Padre y le invocamos como tal en nuestras oraciones.

(Girh, Le sacrifice de la Messe, pp. 247 ss.)

La Consagración-06

Recitación del canon en voz baja (Continuación).-

2º) La lectura del canon en voz baja, está en perfecta armonía con la esencia del sacrificio eucarístico. Loe elementos terrenales han cambiado a ser el cuerpo y la sangre de Jesucristo sin que lo hayan percibido los sentidos y sin que el espíritu creado pueda comprenderlo. La presencia y la vida inmolada de Jesucristo bajo las especies sacramentales están, para nosotros,  envueltas en el misterio más impenetrable. En cada hostia hay tantas maravillas como astros en el firmamento, y, sin embargo no se puede apreciar el menor rasgo desde fuera. Este silencio sagrado es eminentemente propio para significar y recordar la profundidad incomprehensible e inefable de los augustos secretos que se llevan a cabo en el altar. 

3º) Expresa también la humildad, el respeto y el cuidado con que la Iglesia lleva a cabo el Sacrificio. El Señor está en su templo santo. Que toda la Tierra calle ante su rostro (Hab. 2, 20). La vista del sacerdote, ocupada solamente en Dios en un silencio profundo, es también un excelente medio para excitar en los asistentes las disposiciones con las que deben tomar parte en el sacrificio grande y sublime del altar. Mientras se opera el sacrificio, todos los fieles deben estar abismados en la contemplación piadosa de los divinos misterios. Este silencio absoluto que reina en torno al altar, es la más intensa exhortación a los asistentes para entrar en sí mismos, recogerse y excitar en sus corazones sentimientos piadosos. La recitación del canon en voz baja, dispone también a los asistentes a adorar interiormente y celebrar con respeto los santos misterios que Dios ha dignado donarnos a nosotros, pobres mortales. 

4º) Además de los motivos principales que acabamos de exponer, es preciso observar asimismo que el empleo de una lengua extraña y la recitación en voz baja de las oraciones, concurren  a arrancar las palabras sagradas del canon de su uso habitual y las protege de este modo, contra toda profanación.

5º) Por último, se puede añadir aún una razón mística. El sacerdote en el altar es el representante, la imagen del Salvador orando e inmolándose. En el Huerto de los Olivos y en la cruz, Jesucristo no oró solamente en  alta voz, sino que también se relacionó con su Padre en el silencio de su corazón. Es conveniente que el sacerdote se conforme a su divino modelo en la representación y continuación del sacrificio del Calvario. 

Pero el altar no es solamente la figura de la Cruz. Es también la de la cueva de Belén. La consagración renueva todas las maravillas de Belén y del Gólgota. En medio del silencio de la noche, el Verbo de Dios descendió de su trono celeste al establo de Belén: de igual modo, el rey de la gloria desciende sobre el altar, en el mismo silencio, en el momento de la consagración.

Importancia de las oraciones del Canon.-

 El sacrificio va siempre acompañado de la oración. El canon encierra las oraciones que rodean inmediatamente la acción del sacrificio; son actos de ofrenda relativos a la consagración. El sacerdote implora que el sacrificio se realice, ofrece el cuerpo y la sangre del Salvador y suplica a Dios que sean aplicados los frutos del sacrificio. El objeto de sus peticiones está en perfecta armonía con los del Ofertorio, y podemos ver en ellos un eco de las oraciones de Jesucristo. 

Él mismo ha vivido, ha muerto y ha rescatado al mundo orando. Su oración más considerable, la más ferviente y solemne, fue la que llevó a cabo cuando estaba a punto de cumplir su sacrificio sobre la cruz: es la oración del Sumo Sacerdote. Explica a quién, por quién y por qué ofrece su muerte; ora por sus discípulos y por los que crean en su palabra, es decir, por la Iglesia militante entera. Suplica a su Padre que llene a los fieles de los dones de salvación en el tiempo y en la eternidad, conservarlos aquí abajo en la verdad y la unidad, santificarlos por su gracia, para que puedan llegar al cielo y contemplar su gloria. ¿No se encuentra en el Canon como un eco de estas súplicas sacerdotales, e las palabras con que la Iglesia expresa las gracias que desea obtener del sacrificio para ella y para todos sus hijos? Qué poderosas y eficaces deben ser estas oraciones puesto que elevan al trono de la misericordia en unión con la voz de la sangre de Jesucristo, la sangre de la redención que grita más fuerte que la de Abel…

El momento del canon es pues el más santo y el más augusto: más aún que todas las otras partes de la Misa, exige atención, piedad y respeto. El corazón, ocupado solamente en la divina acción y despojado de todo pensamiento extraño, debe ser el jardín cercado y la fuente sellada de que habla el Cantar de los Cantares (4, 12). A ello invita la imagen del crucifijo, habitualmente situado en el misal al comienzo del canon, a fin de representar más vivamente las amarguras de esta dolorosa muerte.

(Girh, Le sacrifice de la Messe, pp. 243 ss.)