La Consagración-05

3. Observaciones preliminares sobre el Canon.

Han cesado ya los alegres sonidos del canto del Hosanna. Se hace un solemne silencio: el Canon comienza. “Los ritos sagrados que siguen ahora, no podían ser inaugurados mejor que por el Sanctus, con el que acaba el Prefacio. Aquí debemos detenernos. El tema es excesivo para escribir sobre él. El suelo que pisamos es sagrado y el que se atreva a aproximarse, debe descalzar sus pies”, dice el Cardenal Wiseman. Estas palabras son una seria advertencia para pedir al Señor con toda humildad que nos abra los ojos, para que podamos descubrir y contemplar algunos de los misterios escondidos en el canon: pues el Señor da la sabiduría a los pequeños (Ps. 18,8).

Nombre, origen y antigüedad del canon.-

La palabra canon, procede del griego, y tiene varios significados en la lengua eclesiástica. Aquí designa la parte más excelente de la liturgia y se aplica al formulario fijo, a la regla invariable seguida en el cumplimiento de la acción sagrada. El canon comienza después del Sanctus y acaba con el Pater Noster; comprende la consagración o el acto del sacrificio, y todas las oraciones y ceremonias que le sirven de introducción, se refieren inmediatamente a él. Es como el velo místico y la joya preciosa en la cual está encerrado. Como el sacrificio que el Pontífice Eterno ofrece sobre el altar hasta la consumación de los siglos es y permanece siempre el mismo, así la oración litúrgica del canon permanece siempre inmutable en su noble simplicidad y su venerable majestad. Solo en algunas solemnidades, se mezcla como un eco del espíritu y de los cambios del año eclesiástico. Tal cosa ocurre en el Jueves Santo y en las misas de Navidad y Pentecostés. 

En cuanto al origen del canon, no tenemos una declaración expresa de la Iglesia. El Concilio de Trento, en su Sesión XXII dice que “Conviene administrar santamente las cosas santas y el sacrificio es la cosa más santa de todas; también, con el fin de que sea ofrecido y recibido dignamente y con respeto, la Iglesia católica ha instituido hace varios siglos, el canon, que está totalmente puro de todo error, que no contiene nada que no respire santidad y piedad, y que eleva a Dios a las almas de los que ofrecen el sacrificio: porque se compone de las palabras mismas de Nuestro Señor Jesucristo, de las tradiciones de los apóstoles y de las instituciones piadosas de los Sumos Pontífices”. Nos faltan algunos testimonios históricos ciertos para determinar exactamente y en detalle lo que en el canon proviene directamente de los apóstoles y lo que fue añadido después por los papas. Sin embargo, sabemos con bastante certeza por el consentimiento de los doctores, que San Gregorio Magno (590-604) es el último que he hecho cualquier añadido. Así, desde hace muchos siglos el canon ha estado completamente terminado en el fondo como en la forma; ha sido inmutable desde esa época.

Su origen, su antigüedad y su uso, hacen de él un arca santa tan venerable como inviolable. Nunca una oración de la Iglesia ha sido compuesta bajo la influencia particular y la inspiración del Espíritu Santo, como sin duda alguna es el canon. Está penetrada del espíritu de fe y llena del perfume de la piedad. Está llena de fuerza y de oración. Su lengua simple tiene un carácter sobrio, una impronta antigua y bíblica; produce una impresión que capta a quien la pronuncia, semejante a lo que se produce en el alma por la oscuridad misteriosa de las basílicas de la ciudad eterna. Qué delicia poder repetir en el altar las mismas palabras con las que tantos fervientes y piadosos sacerdotes han celebrado el santo sacrificio durante tantos siglos en toda la Iglesia. Estas oraciones del canon estaban ya consagradas en la era de los mártires y en las capillas funerarias de las catacumbas. ¡Qué elevación y qué dulzura se encuentra en estos pensamientos!

Recitación del canon en voz baja.-

El modo como el sacerdote pronuncia el canon merece una atención particular. Según una rigurosa prescripción de la Iglesia, el canon debe ser leído en voz baja –secreto, submissa vel secreta voce-, de manera que sólo el sacerdote lo escuche sin que lo hagan los asistentes. El sentimiento más extendido hace derivar este uso de los tiempos más antiguos y se apoya en testimonios históricos y sobre motivos sacados de la naturaleza de la cosa. Hay que exceptuar el caso de la celebración de la misa por parte de varios sacerdotes a la vez (concelebratio).

Seguramente, la solicitud casi ansiosa de la Iglesia por guardar las tradiciones apostólicas en la administración de los santos misterios, no es el único motivo que la determina a mantener con tanta firmeza esta ley relativa a la manera de recitar el canon; hay otras razones poderosas. Estos motivos no van a demostrar la necesidad, sino más bien la alta conveniencia de esta prescripción. Vamos a explicar las principales.

1º) La recitación en voz baja del canon, caracteriza la consagración, que es el acto propio del sacrificio, como una función exclusivamente sacerdotal. Las oraciones del canon son litúrgicas y públicas: no basta por tanto pronunciarlas interiormente, sino que es preciso pronunciarlas con la boca. Pero deben ser pronunciadas de tal manera que el propio sacerdote las oiga, sin que sean escuchadas por los asistentes. A diferencia del rezo del breviario en que no es necesario que el sacerdote se escuche a sí mismo. La lectura en voz alta, invita a los asistentes a formar parte de ellas y les enseña que las oraciones y lecciones recitadas son comunes. Pero la lectura en voz baja, por el contrario, indica que se trata de un misterio cuyo cumplimiento está reservado al sacerdote y no pertenece a los fieles.

La consagración de los elementos terrestres, la inmolación del cuerpo y la sangre de Nuestro Señor, es un privilegio sacerdotal: el pueblo no puede participar en modo alguno en su ejercicio. La lectura del canon en voz baja, es un símbolo de este hecho. Allí, el sacerdote no entra en comunicación con los asistentes como en las otras partes de la Misa; ha penetrado en el santo de los santos con el fin de entrevistarse solo con Dios, para orar y sacrificar por la Iglesia entera. Moisés estaba sólo en la montaña: oraba a Dios y Él le respondía. El sacerdote en el altar hace lo mismo: es el ministro y el representante del Sumo Sacerdote Jesucristo: y en calidad de tal, ofrece el sacrificio para la Iglesia. 

(Girh, Le sacrifice de la Messe, pp. 238 ss.)

La Consagración-04

2. El Sanctus

Este canto de alabanza, tan ardiente y tan lleno de entusiasmo, está formado en su totalidad por palabras de la Sagrada Escritura y se compone de dos partes: la primera comprende la glorificación de la adorable Trinidad por los ángeles del cielo; la segunda es el saludo dirigido al Salvador por los fieles de la tierra. A causa de su primera parte, este canto se denomina Trisagium, Himno Seráfico o angélico; en relación a la segunda, se lama Himno triunfal. El Trisagium se encuentra en todo o en parte en todas las liturgias; en los primeros siglos, el pueblo lo cantaba.

La primera mitad de este himno, aparte de algunos cambios, está tomada de una visión magnífica del Profeta Isaías (6,3): Los Serafines, se gritaban el uno al otro y se decían: “Santo, santo, santo es el Señor, Dios de los ejércitos; la tierra entera está llena de su gloria”. El otro lado de la puerta (del templo celeste) fue XXXX por la voz del que gritaba, y la casa se llenó de humo (es decir, de la nube de la luz de gloria).

De igual manera, el apóstol San Juan escuchó el canto celestial: “Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios todopoderoso” (Apoc. 4,8). Según la doctrina general de los Santos Padres y varios pasajes de la Biblia, se concluye con toda seguridad que la triple repetición de esta palabra (santo) no tiene como único fin insistir más en la santidad de Dios, sino que indica la Trinidad de Personas en un solo y único Dios, que es santo. Es pues, un acto de adoración de la Augusta Trinidad. La santidad de Dios hace resplandecer ante nuestros ojos -más vivamente-, sus infinitas perfecciones, su gloria y su belleza; por eso en el lenguaje de la Revelación y en el de la Iglesia, es tan frecuentemente alabado como santo el Santo. La santidad divina es increada, inmensa, inmutable; la esencia de Dios es la santidad misma. De Dios, el Solo Santo, brota el rayo sobrenatural de la santidad sobre el mundo de los ángeles y los hombres; pues Él es la fuente y el modelo de toda santidad creada.

La santidad de Dios se nos revela y se “desvela” en las obras de la creación y la redención; pues los cielos y la tierra coeli et terra, esto es, la creación entera, el mundo visible y el invisible rinden testimonio a la majestad de Dios. Están llenos de su gloria, de las pruebas de su poder, de su grandeza, de su bondad, de su longanimidad. Por eso cuentan y proclaman su majestad, que es infinitamente grande.

A la alabanza de la Trinidad sucede la salutación llena de alegría del Salvador, que en la plenitud de su misericordia, aparecerá pronto sobre el altar. La conclusión de este himno es este canto de triunfo con el que el Salvador, el príncipe de la paz y vencedor de la muerte, fue recibido por la muchedumbre a su entrada solemne en Jerusalén; ninguna expresión podría ser mejor que ésta para saludar al Salvador: Hosanna en el Cielo, bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en el Cielo. Esta fórmula de homenaje y alabanza hacia el Salvador, es enormemente expresiva en este momento en que el Cordero Divino, se dispone a aparecer en medio de nosotros, como hizo en otro tiempo en Jerusalén, para consumar su sacrificio.

Este canto de alabanza comienza y acaba en el Hosanna. Viene a ser un grito de alegría, con un sentido de júbilo.

El sacerdote recita el Trisagion en voz baja y no lo canta como el Prefacio. Uniéndose al coro de los ángeles para glorificar a la Augusta Trinidad, baja la voz, junta las manos y se inclina humildemente y con respeto, sintiéndose indigno de poner sobre sus labios mortales el canto del cielo. Después, en su alegría por la venida del Salvador y saludándole con antelación, se eleva y hace la señal de la cruz, no sólo para cerrar dignamente su cántico, sino para indicar que el Salvador viene, vencedor y príncipe de la paz, para fundar su Reino sobre el madero de la Cruz.

(Girh, Le sacrifice de la Messe, pp. 222 ss.)