11.1. Gloria in excelsis Deo

Se llama a este canto Gran Doxología, por comparación con el Gloria Patri, porque contiene la alabanza más explícita y detallada de la Santísima Trinidad. Se le llama también himno de los ángeles, porque sus primeras palabras fueron cantadas por los ángeles en Belén.

No se conoce con certeza el autor de este cántico; lo que está fuera de duda, es que el Gloria es de origen griego y nos llegó del Oriente. El texto latino no es por tanto una composición original, sino una traducción libre, una imitación del texto griego primitivo, atribuída con bastantes motivos a San Hilario de Poitiers (+366).

El Gloria es el canto sublime del triunfo y de la redención. Una parte de sus palabras salió de la boca de los ángeles; la otra parte ha salido del corazón de la Iglesia. Los coros celestiales lo entonaron al nacimiento del Salvador; la Iglesia, iniciada en los misterios divinos, lo ha continuado y acabado. Los cantos angélicos glorifican al pequeño niño escondido en el pesebre. Su nacimiento ha restablecido la gloria de Dios  y a los hombres, ha traído la paz. Esto repetimos en la Misa con los coros celestiales; pues en el altar, este deseo de felicidad del Cielo, esta alegre novedad aportada por los enviados de Dios, se cumple plena y misteriosamente todos los días. En ella recibe Dios el honor y la gloria más elevados: una Persona Infinita, el Hombre-Dios, se anonada y se inmola para reconocer y adorar la majestad divina. El hombre encuentra allí la paz verdadera: pues el sacrificio de Jesús nos obtiene el perdón, la gracia y la felicidad.

Las primeras palabras Gloria Deo et pax hominibus forman como el tema de todo el cántico. Es a la vez un himno de alabanza, de agradecimiento y de oración; los actos de adoración son interrumpidos por acciones de gracias y súplicas, que contribuyen a su vez a la Gloria de Dios. Este canto a la gloria del Altísimo debe ser rendido por toda criatura, pero especialmente por el hombre, que ha sido dotado de entendimiento y libertad.

Proclamemos en alta voz su poder y su majestad sin límites, su misericordia eterna, su bondad, su justicia, su inconmensurable santidad, sus caminos y sus consejos impenetrables.

Benedicimus te. La bendición es una alabanza llena de entusiasmo; brota de un sentimiento que nos domina enteramente y que ofrecemos a Dios, especialmente en tanto que él es la fuente de todos los bienes y de todas las gracias que obtenemos. La consideración de sus hechos inflama nuestro corazón y nos impulsa a bendecir el nombre del Señor, digno de toda alabanza. Cantad y alabad al Señor, agradecidos en vuestros corazones. (Eph. 5,19; Col. 3,16)

Adoramus te. La adoración es el culto más elevado. Es debido a la soberana Majestad y no se puede dar a ninguna creatura. Por la adoración, el hombre ofrece su homenaje a Dios como un ser infinitamente perfecto, ante el cual todas las creaturas son la nada. Es la oración especial de los ángeles y los santos. El cielo es el lugar de adoración eterna de la augusta Trnidad. Pero en este valle de lágrimas, debemos también ofrecer nuestra adoración con una alegría mezclada con respeto y temor. Así, el cielo y la tierra unidos, forman un coro inmenso de humildes adoradores del Señor.

Glorificamus te. Todas las creaturas no tienen otro fin que glorificar a Dios a su manera. Todo lo que hacemos, debe promover la mayor gloria de Dios. Proclamamos esta gloria sobre todo por la alabanza, la bendición y la adoración, rindiendo así un testimonio público de su poder, su sabiduría y su bondad: reconocemos sus perfecciones absolutas y su soberano poder, anunciamos su nombre, que es admirable en toda la tierra y su gloria, que está por encima de los cielos (Ps. 8, 2).

(Cfr. N. Gihr: Le Saint Sacrifice de la Messe, vol. 2, p. 34 ss.)