La Consagración-06

Recitación del canon en voz baja (Continuación).-

2º) La lectura del canon en voz baja, está en perfecta armonía con la esencia del sacrificio eucarístico. Loe elementos terrenales han cambiado a ser el cuerpo y la sangre de Jesucristo sin que lo hayan percibido los sentidos y sin que el espíritu creado pueda comprenderlo. La presencia y la vida inmolada de Jesucristo bajo las especies sacramentales están, para nosotros,  envueltas en el misterio más impenetrable. En cada hostia hay tantas maravillas como astros en el firmamento, y, sin embargo no se puede apreciar el menor rasgo desde fuera. Este silencio sagrado es eminentemente propio para significar y recordar la profundidad incomprehensible e inefable de los augustos secretos que se llevan a cabo en el altar. 

3º) Expresa también la humildad, el respeto y el cuidado con que la Iglesia lleva a cabo el Sacrificio. El Señor está en su templo santo. Que toda la Tierra calle ante su rostro (Hab. 2, 20). La vista del sacerdote, ocupada solamente en Dios en un silencio profundo, es también un excelente medio para excitar en los asistentes las disposiciones con las que deben tomar parte en el sacrificio grande y sublime del altar. Mientras se opera el sacrificio, todos los fieles deben estar abismados en la contemplación piadosa de los divinos misterios. Este silencio absoluto que reina en torno al altar, es la más intensa exhortación a los asistentes para entrar en sí mismos, recogerse y excitar en sus corazones sentimientos piadosos. La recitación del canon en voz baja, dispone también a los asistentes a adorar interiormente y celebrar con respeto los santos misterios que Dios ha dignado donarnos a nosotros, pobres mortales. 

4º) Además de los motivos principales que acabamos de exponer, es preciso observar asimismo que el empleo de una lengua extraña y la recitación en voz baja de las oraciones, concurren  a arrancar las palabras sagradas del canon de su uso habitual y las protege de este modo, contra toda profanación.

5º) Por último, se puede añadir aún una razón mística. El sacerdote en el altar es el representante, la imagen del Salvador orando e inmolándose. En el Huerto de los Olivos y en la cruz, Jesucristo no oró solamente en  alta voz, sino que también se relacionó con su Padre en el silencio de su corazón. Es conveniente que el sacerdote se conforme a su divino modelo en la representación y continuación del sacrificio del Calvario. 

Pero el altar no es solamente la figura de la Cruz. Es también la de la cueva de Belén. La consagración renueva todas las maravillas de Belén y del Gólgota. En medio del silencio de la noche, el Verbo de Dios descendió de su trono celeste al establo de Belén: de igual modo, el rey de la gloria desciende sobre el altar, en el mismo silencio, en el momento de la consagración.

Importancia de las oraciones del Canon.-

 El sacrificio va siempre acompañado de la oración. El canon encierra las oraciones que rodean inmediatamente la acción del sacrificio; son actos de ofrenda relativos a la consagración. El sacerdote implora que el sacrificio se realice, ofrece el cuerpo y la sangre del Salvador y suplica a Dios que sean aplicados los frutos del sacrificio. El objeto de sus peticiones está en perfecta armonía con los del Ofertorio, y podemos ver en ellos un eco de las oraciones de Jesucristo. 

Él mismo ha vivido, ha muerto y ha rescatado al mundo orando. Su oración más considerable, la más ferviente y solemne, fue la que llevó a cabo cuando estaba a punto de cumplir su sacrificio sobre la cruz: es la oración del Sumo Sacerdote. Explica a quién, por quién y por qué ofrece su muerte; ora por sus discípulos y por los que crean en su palabra, es decir, por la Iglesia militante entera. Suplica a su Padre que llene a los fieles de los dones de salvación en el tiempo y en la eternidad, conservarlos aquí abajo en la verdad y la unidad, santificarlos por su gracia, para que puedan llegar al cielo y contemplar su gloria. ¿No se encuentra en el Canon como un eco de estas súplicas sacerdotales, e las palabras con que la Iglesia expresa las gracias que desea obtener del sacrificio para ella y para todos sus hijos? Qué poderosas y eficaces deben ser estas oraciones puesto que elevan al trono de la misericordia en unión con la voz de la sangre de Jesucristo, la sangre de la redención que grita más fuerte que la de Abel…

El momento del canon es pues el más santo y el más augusto: más aún que todas las otras partes de la Misa, exige atención, piedad y respeto. El corazón, ocupado solamente en la divina acción y despojado de todo pensamiento extraño, debe ser el jardín cercado y la fuente sellada de que habla el Cantar de los Cantares (4, 12). A ello invita la imagen del crucifijo, habitualmente situado en el misal al comienzo del canon, a fin de representar más vivamente las amarguras de esta dolorosa muerte.

(Girh, Le sacrifice de la Messe, pp. 243 ss.)

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