La Consagración-02

1. El Prefacio (sigue)

Levantemos el corazón, es una consigna muy necesaria en este momento. Hacen falta serios esfuerzos para elevar y mantener en las alturas nuestro espíritu y nuestro corazón, tan frágiles y tan inconstantes. Para conservar un recogimiento y un fervor que no disipe nuestra relación con Dios, el alma debe estar constantemente ocupada en arrancarse de las cadenas del mundo y volverse hacia Dios. Es lo que dice el Apóstol: Nuestra conversación está en el cielo (Fil. 3, 20). ¿Qué quiere esto decir? Que nosotros no nos arrastramos por el barro como el gusano, sino que alzamos nuestro vuelo, como el pájaro, hacia las alturas; no sobrecargamos nuestro corazón con los pensamientos, cuidados y deseos de esta vida, sino que rompemos todo lo que nos ata a las cosas perecederas, a fin de vivir en los cielos por nuestra esperanza y nuestros deseos.

Pensar y tender hacia lo alto, tal es la filosofía cristiana; el Sursum Corda, durante el Santo Sacrificio nos lo recuerda y nos dispone a ello. San Cirilo de Alejandría decía:

Que ninguno de los que están aquí presentes digan con la boca “Tenemos el corazón levantado hacia el Señor”, mientras que su espíritu esté preocupado de las solicitudes de la vida. Sin duda alguna, debemos pensar en el Señor en todo tiempo; si esto es imposible para la debilidad humana, tanto más es necesario hacerlo con gran cuidado, durante el sacrificio del altar.

San Martín es para nosotros un modelo admirable. La Iglesia dice de él en su oficio: “Tenía siempre los ojos y las manos levantados hacia el cielo y no se relajaba nunca de la oración su espíritu invencible”. Esta oración continua, esta atención constante para estar en la presencia del Señor alcanzaba su punto culminante en la celebración de la Misa.  

Cuanto más permanece el alma extraña a las vanidades y distracciones del mundo, más se eleva por encima de sí misma y de todas las criaturas y ve con mayor claridad que Dios es la caridad eterna y la fuente de todo bien. Esta consideración la lleva a la acción de gracias y el sacerdote manifiesta este sentimiento diciendo: Demos gracias al Señor nuestro Dios. Pronunciando estas palabras, junta las manos sobre el pecho; a las palabras “nuestro Dios”, eleva los ojos e inclina respetuosamente la cabeza ante la cruz del altar. Y los fieles responden: Es justo y necesario. Estos versículos vienen de los tiempos apostólicos: tenemos el testimonio de las liturgias antiguas y de los Santos Padres. Los beneficios con que Dios nos ha regalado y por los que le debemos nuestro reconocimiento, son innumerables y no tienen precio. Si nuestro corazón es bien consciente de ello, se inclina a la alabanza más sublime y sus acciones de gracias se expresan en los acentos triunfantes del Te Deum. De esta forma, el Prefacio entero no es más que un comentario magnífico del versículo Gratias agamus Dominuo Deo nostro. 

*   *   *

El sacerdote, con una actitud solemne, las manos elevadas y el corazón hacia lo alto, canta o recita este cántico de alabanza y de acción de gracias. Así, el sacerdote se apropia la respuesta del pueblo. La apoya y desarrolla mostrando por una parte su importancia, y por otra toda la extensión del deber que tenemos de dar gracias a Dios. Todo ello está contenido en estas palabras: Vere dignum et iustum est, aequum et salutare, nos tibi Semper et ubique gratias agere… Es realmente digno y justo, equitativo y saludable, darte gracias siempre y en todo lugar. Es digno, porque al mismo tiempo que reconocemos los dones de Dios, y al autor de todos ellos, este acto manifiesta la nobleza y la belleza de un alma. La acción de gracias constante y ferviente pertenece a la perfección cristiana. Cuanto mayor es la piedad, la humildad y pureza de un alma, mayor es su reconocimiento de los dones y gracias divinos.  Es justo, porque la acción de gracias en su sentido más propio, es un deber de justicia. Es equitativo, porque nada puede haber más equitativo que agradecer a Dios, tanto como podamos, devolviendo amor por amor a Él, que no tiene necesidad de nuestros dones. Y por último es saludable agradecer a Dios. La acción de gracias enriquece el alma con las bendiciones más grandes y preciosas, nos abre los tesoros de la liberalidad divina y nos dispone para recibir nuevas gracias.

Esta acción de gracias debe hacerse en todo tiempo y en todo lugar. Incluso en la noche del infortunio, en la hora de las tristezas, en el lecho del dolor y sumergidos en la pobreza, el himno de acción de gracias no debe cesar en nuestros labios, ni en nuestro corazón. Bendeciré al Señor en todo momento; su alabanza está siempre en mi boca(Ps. 33, 2).

(Girh, Le sacrifice de la Messe, pp. 212 ss.)

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