La Oblación-y 11

La oración Orate fratres.  

Cuanto más puras sean las disposiciones del sacerdote y mayor su fervor, su recogimiento y el de los asistentes, tanto más agradable a Dios será el sacrificio que le ofrece. Para animarse e inflamarse mutuamente, el sacerdote y los fieles comienzan un diálogo activo: de ahí provienen los saludos tan frecuentes, la invitación al pueblo a la oración por parte del sacerdote y la obediencia de los cristianos, que responden con sus palabras a lo que el ministro les pide.

Después del Suscipe sancta Trinitas, el sacerdote solicita de nuevo a los asistentes implorar a Dios que su sacrificio común le sea agradable. Para esto, el sacerdote besa el altar, se levanta, se vuelve, con los ojos bajos, hacia el pueblo; extiende las manos y las junta de nuevo, diciendo en voz media para ser entendido por el acólito y las personas más cercanas: Orate, fratres (Orad, hermanos) ut meum ad vestrum sacrificium, aceptabile fiat apud Deum Patrem Omnipotentem (para que este sacrificio, tanto mío como vuestro, sea agradable a Dios Padre Omnipotente).

Esta palabra de hermanos, se  dirige a todos los fieles, sin distinción de condición ni de sexo. Por el Bautismo, todos los cristianos han llegado a ser hijos de Dios y de la Iglesia, forman una gran y santa familia, son hermanos y tienen derecho a decir Padre Nuestro que estás en los cielos. Durante el sacrificio y, especialmente durante la comunión, todos los cristianos deben tener un solo corazón y una sola alma; y rogar los unos por los otros. 

Dirigiéndose a los fieles, el sacerdote dice “este sacrificio mío y vuestro”. La Eucaristía es el sacrificio de toda la Iglesia, y no pertenece solamente al sacerdote, sino a todos los fieles. Éstos toman parte de diversas maneras y en grados diferentes; el sacerdote solo lo lleva a cabo en su nombre y por su salvación. El pueblo responde también a la llamada del sacerdote y el ministro, diciendo en nombre de todos: El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su nombre, para nuestra salvación y la de toda su Santa Iglesia. Los fieles cooperan a la oblación del sacrificio; sin embargo, hacen aquí mención solamente del acto del sacerdote y manifiestan el deseo de que el Señor acoja la ofrenda de sus manos. Esto es muy justo y significa que el sacerdote, ministro de Jesucristo, lleve a cabo solo el sacrificio; sus manos han sido consagradas por la santa unción para esta función. Es por las manos sacerdotales, llenas del perfume místico de la hostia y el cáliz, que el sacrificio sube hasta Dios en olor de suavidad.

Esta oración expresa también el fin del sacrificio: por una parte, la gloria y la adoración a Dios; por otra, la utilidad de toda la Iglesia, para la cual es una fuente inagotable de beneficios. 

La Oración Secreta.

Las palabras Orate fratres sustituyen aquí a la fórmula ordinaria de Oremus, y sirven de introducción a la oración llamada Secreta. ¿Por qué se la llama así? Este nombre le viene del modo como se ha recitado siempre, es decir, en voz baja y de tal manera que no la puedan oír los asistentes. En cuanto a la forma, el orden y la conclusión de estas oraciones, se observan las mismas reglas que para las colectas. Pero el tema de unas y otras es diferente.

La diferencia característica consiste en que en las colectas en general no se hace mención del sacrificio; se dirige a Dios una petición particular o relativa al misterio del día. Por el contrario, las secretas tienen por finalidad la oblación y contienen casi los mismos pensamientos que el ofertorio entero. El rito de la oblación y también las secretas, encierran generalmente dos oraciones estrechamente unidas: una por la cual se suplica a Dios que acepte, bendiga, santifique y consagre los dones ofrecidos; la otra, por la cual se imploran gracias abundantes. Especialmente se solicita siempre de Dios el perdón de los pecados, de manera que se resalta el aspecto expiatorio de la Misa. 

Pero esto no basta para precisar el carácter de las secretas. Por pertenecer a las partes variables de la Misa, presentan una relación íntima con el objeto de la fiesta que se celebra, lo que ha influido en su composición y no solamente inspira lo que en ellas se pide a Dios, sino que las fundamenta. Los misterios del año eclesiástico y las oraciones de la oblación se penetran y se mezclan en una admirable variedad y armonía. A pesar de su carácter semejante, no ofrecen ninguna monotonía y testimonian una vez más la fecundidad inagotable de la sabiduría de la Iglesia. 

Después de haber recitado las secretas, en un religioso silencio, eleva la voz y dice: Per omnia saecula saeculorum… A estas palabras llenas de majestuosidad, el coro o el pueblo responde Amen, es decir, que Dios se digne escuchar la oración que el sacerdote acaba de dirigirle por él y por todos los fieles. Nosotros no sabemos lo que es más útil para nosotros, pero Dios lo sabe; no sabemos lo que honra más a Dios, pero la Iglesia lo sabe. La Iglesia ha orado, pues, en su nombre y el sacerdote ha orado a las órdenes de la Iglesia; la Iglesia ha puesto en sus labios las oraciones que ha dicho; los fieles se unen a él. No pueden desear nada mejor que lo que la Iglesia desea, no pueden decir nada mejor que lo que la Iglesia dice. Por tanto, que sea así: Amen.  

(Girh, Le sacrifice de la Messe, pp. 204 ss).

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