La Oblación-10

La oración Suscipe sancta Trinitas. –  

Después del lavatorio de las manos, que tiene lugar en el lado de la epístola, el sacerdote vuelve al centro del altar; eleva lleno de confianza sus ojos al crucifijo y los baja enseguida. Después, se inclina con respeto y humildad, poniendo sobre el altar sus manos juntas, y en esta posición suplicante, hace esta oración tan llena de pensamientos, dentro de su brevedad: 

Súscipe, sancta Trínitas, hanc oblatiónem, quam tibi offérimus ob memóriam passiónis, resurrectiónis, et ascensiónis Iesu Christi, Dómini nostri: et in honórem beátæ Maríæ semper Vírginis, et beáti Ioannis Baptistæ, et sanctórum Apostolórum Petri et Pauli, et istórum et ómnium Sanctórum: ut illis profíciat ad honórem, nobis autem ad salútem: et illi pro nobis intercédere dignéntur in cælis, quorum memóriam ágimus in terris. Per eúndem Christum, Dóminum nostrum. Amen.

Recibid, oh Santa Trinidad, esta oblación que os ofrecemos en memoria de la Pasión, Resurrección y Ascensión de nuestro Señor Jesucristo; y en honor de la Bienaventurada siempre Virgen María y de San Juan Bautista y de los Santos Apóstoles Pedro y pablo, y de éstos y de todos los Santos, para que a ellos les ceda en honor y a nosotros en salud, y ellos en los cielos se dignen interceder por nosotros que celebramos su memoria en la tierra. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Esta oración y las siguientes no son una simple continuación de la ofrenda de la hostia y del cáliz; son un complemento y un desarrollo, por motivos nuevos. Las oraciones precedentes son dirigidas al Padre y al Espíritu Santo; aquí, la Iglesia se dirige a la Santísima Trinidad y le ofrece el sacrificio preparado sobre el altar. Los dones le son presentados conjuntamente, haciéndose mención de la relación que existe entre el sacrificio eucarístico y los misterios de la vida de Cristo y los santos en el cielo.

La Misa se celebra en memoria de la Redención, cuyas partes principales son enumeradas aquí como en la oración que sigue a la consagración (Unde et memores). En la Pasión, el Cordero inmaculado ha sido inmolado; en la Resurrección ha sido glorificado; y en la Ascensión se sienta a la derecha del Padre para completar allí nuestro rescate y nuestra salvación.  Sobre el altar, los misterios gloriosos son también renovados, tanto como los misterios dolorosos: la Víctima es Jesucristo, que murió y vive eternamente en el cielo (Ap. 1, 18).

Con toda razón, el sacrifico no puede ser ofrecido más que a la Augusta Trinidad, y no a los santos; sin embargo, no procura solamente la gloria y la adoración de Dios, sino también el honor de los santos (in honorem) del que hacemos memoria en el altar. ¿Cuáles son los efectos del sacrificio eucarístico respecto a los santos que están en el cielo? Según las prescripciones de la Iglesia, que se remontan a los tiempos de los apóstoles, se hace mención frecuentemente a los Santos en la Santa Misa. Es un gran honor que se les hace y se expresa con estas palabras “os ofrecemos este sacrificio en honor de la bienaventurada Virgen María… y de todos los Santos”. Pero esto no es todo. Se dice además en esta oración “para su honor”. Evidentemente estas palabras significan otra cosa, y, mucho más que las que las preceden; y en efecto, designan el fruto que el Santo Sacrificio, como tal, procura a los Santos. 

La misa es un sacrificio impetratorio, y en calidad de éste, obtiene de Dios un crecimiento de la gloria accidental de los Santos; es decir, un aumento de su culto sobre la tierra. Este resultado es mucho menos ventajoso para ellos mismos, que para nosotros: pues nosotros obtenemos una “utilidad” del honor, mucho más considerable que el que le rendimos a ellos. Favoreciendo pues, su culto por nuestras oraciones en la misa, trabajamos por nuestra salvación, (nobis autem ad salutem), y en una medida tanto más abundante, nosotros obtenemos así su poderosa intercesión. Los homenajes que les dirigimos los lleva a interesarse por nosotros cerca de Dios. Además, los Santos se regocijan cuando celebramos la misa por ellos como sacrificio de alabanza y de acción de gracias: así, alabamos a Dios y le damos gracias de todos los dones y de toda la gloria con la cual él los ha agraciado.

Los santos invocados aquí concretamente, son los mismos que se citan en el Confiteor; sólo el arcángel San Miguel -cuyo nombre se encuentra en la bendición del incienso en las misas solemnes-, está aquí omitido. Se lee, además: et istorum et ómnium sanctorum (por éstos y por todos los santos). ¿Qué hay que entender por estos Santos? Según el contexto actual, el sentido más simple y natural es recordar con este pronombre demostrativo, a los Santos nombrados anteriormente; esta palabra es así como un resumen de las invocaciones precedentes y significa: “de los Santos que acabamos de nombrar y de todos los otros”. Sin embargo, es una rúbrica que se refiere también a los Santos cuyas reliquias están en el altar -o sobre el altar-, aquellos cuya fiesta se celebraba, o los patrones. 

Pero todo esto que nosotros pedimos aquí, la glorificación de los Santos por el sacrificio y por la memoria que hacemos de ellos, como nuestra salvación, no puede ser obtenido más que por Jesucristo, Nuestro Señor, el mediador único que corona a los Santos y nos conduce a la felicidad eterna. 

(Girh, Le sacrifice de la Messe, pp. 198-201).

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