La Oblación-9

El lavatorio de las manos. –  

Después de recibir las ofrendas y de llevar a cabo la incensación –en las misas cantadas o solemnes-, puede ser necesario que el sacerdote se lave las manos, especialmente las extremidades de los dedos que tocarán el Santísimo Sacramento. Pero siempre se ha considerado ante todo, el sentido místico de este rito.

No es difícil descubrirlo. La mano es el instrumento de los instrumentos, un miembro privilegiado en el que se concentra toda la fuerza del hombre, y que de alguna manera lo representa enteramente. Santo Tomás dice que “como las manos son el órgano de los órganos, todas las obras son atribuidas a las manos”. Este lavado de manos es la figura de la purificación interior de todo el hombre, de todas las manchas de su alma y de su cuerpo. El hecho de que el sacerdote lave solamente las extremidades de sus dedos, es interpretado como el símbolo del cuidado que debe tener el sacerdote de purificar su corazón de las faltas más insignificantes, de la sombra misma del pecado. Esta interpretación es muy antigua; ya las Constituciones Apostólicas veían en este acto la imagen de la pureza de las almas consagradas a Dios. San Cirilo de Jerusalén nos dice que evidentemente significa la integridad y la inocencia de todas nuestras acciones.

Pero, ¿quién puede decir: Mi corazón es puro y estoy exento de pecado? (Prov. 20, 9). Nadie es justo ante Dios (Sal. 142, 2). Y sin embargo, el sacerdote debe ser santo e inmaculado en su alma y en su cuerpo para subir al altar. Cuanto más avanza la acción sagrada, cuanto más se aproxima el momento formidable, más siente al sacerdote su propia indignidad y más crece su deseo de una perfecta pureza. Para manifestar esta necesidad de su corazón, lava sus manos igual que lo hace antes de revestirse de los ornamentos, lava su alma por la confesión contrita, al pie del altar, de todas sus faltas. 

Los versículos del Salmo 25, 6-12, recitados por el sacerdote mientras se lava las manos, expresan claramente el sentido profundo de esta ceremonia: encierran la confesión de celebrar el sacrificio inmaculado del Cordero de Dios, con la mayor pureza y el mayor fervor posibles. 

Lavabo inter inocentes manus meas… Lavaré mis manos entre los justos. ¿Cómo puede el sacerdote atreverse a hacer esta oración? ¿No vive en medio del mundo? Con la debilidad, la negligencia, el apego a las cosas terrenales, ¿no es fácil que sus faltas -más o menos graves- manchen y deslustren la claridad y pureza de su alma? Es cierto. Y el sacerdote lo siente más que nadie; pero cada día, se esfuerza por apagar en sí mismo el amor del mundo y su propio egoísmo, lava cada vez más su alma en la sangre de Jesucristo y en sus lágrimas la penitencia: hay pues razones para afirmar que lava sus manos con los justos y en la inocencia para subir al altar. Sí, sus manos deben ser puras, porque ellas se elevan a Dios en la oración de adoración; porque ellas deben tocar, ofrecer y distribuir el Cordero de Dios.

El sacerdote está en el altar para escuchar con alegría los cantos de alabanza y de acción de gracias de los fieles; toma parte de ese cántico y proclama las maravillas del poder y el amor de Dios. Ante todo se regocija con el esplendor del templo del Señor; su corazón se adhiere al lugar en que mora el Señor en su gloria eucarística. El celo de la casa de Dios le devora; se complace en ornamentarlo con la mayor magnificencia posible, puesto que la divina majestad no desdeña permanecer solitaria y escondida en medio de nosotros. De todo el Universo, este lugar en el que el Señor ha querido establecer el trono de su gracia, es el que prefiere el sacerdote; es ahí donde se refugia cuando quiere sustraerse de las penas y el tumulto del mundo y encontrar la paz y el consuelo. Al pie del altar brota la fuente de sus alegrías más puras, consumen sus horas más dulces y recibe los mayores beneficios.

Su solicitud más continua es llevar una vida ferviente y completamente divina; busca la relación íntima con Dios en el secreto de sus tabernáculos; no tiene nada en común con un mundo impío y evita ir por los caminos que alejan de Dios. También puede orar con toda seguridad para que su alma y su vida sean preservadas de la ruina que amenaza a los malvados, de los que se sirven de la astucia y la violencia para hacer toda clase de mal. Se esfuerza igualmente, por conservarse irreprochable e inmaculado: por eso espera misericordia y perdón.

La confianza en Dios le hace sentirse seguro de la victoria, y en su reconocimiento el sacerdote grita en su interior: He marchado por los verdaderos caminos, es decir, he escapado de los abismos, estoy sobre un terreno sólido, voy directamente a Dios por el camino de la virtud y la gracia. Esto es un gran don del cielo: también promete bendecir todos los días su misericordia en la asamblea de los Santos y en unión con ellos.

Lavábo inter innocéntes manus meas: et circúmdabo altáre tuum, Dómine: Ut áudiam vocem laudis, et enárrem univérsa mirabília tua. Dómine, diléxi decórem domus tuæ et locum habitatiónis glóriæ tuæ. Ne perdas cum ímpiis, Deus, ánimam meam, et cum viris sánguinum vitam meam: In quorum mánibus iniquitátes sunt: déxtera eórum repléta est munéribus. Ego autem in innocéntia mea ingréssus sum: rédime me et miserére mei. Pes meus stetit in dirécto: in ecclésiis benedícam te, Dómine..

Lavaré mis manos entre los inocentes y estaré, oh Señor, alrededor de vuestro altar. Para escuchar vuestras alabanzas y publicar todas vuestras maravillas. Señor, yo he amado el decoro de vuestra casa y el lugar donde reside vuestra gloria. No perdáis, Señor, mi alma con los impíos, ni mi vida con los hombres sanguinarios. En cuyas manos no hay más que crimen y cuya diestra está llena de sobornos. En cambio yo he amado la inocencia; salvadme y tened piedad de mí. Mis pies han procurado seguir siempre el camino recto; y os bendeciré en vuestras iglesias, Señor.

 (Girh, Le sacrifice de la Messe, pp. 194-198).

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