La Oblación-5

La Oblación del cáliz.-

 El cáliz se ofrece al Padre Celestial del mismo modo que la hostia.

Preparación del cáliz.-

El sacerdote echa el vino en el cáliz y lo mezcla con un poco de agua, tras haber bendecido con el signo de la cruz. ¿Por qué el signo de la cruz se hace sobre el agua y no sobre el vino? ¿Por qué se suprime en las misas de Réquiem? La explicación más común y la más fundada se apoya en el simbolismo de esta mezcla. El vino representa a Jesucristo que no necesita ninguna bendición y que, por su unión con su pueblo no recibe ningún bien; por tanto, no se le bendice. El agua es la imagen de los todos los cristianos, que tienen necesidad de la gracia y que obtienen las mayores ventajas en su unión con Jesucristo: he aquí por qué se bendice el agua antes de mezclarla con el vino y no cuando se la mezcla con el vino, sino en tanto que ella es el símbolo del pueblo. De aquí que sea fácil comprender por qué se omite bendecir el agua en las misas de difuntos. Todas las ceremonias de este oficio tienen por finalidad obtener las mayores gracias posibles para los difuntos y se omite todo lo que pueda indicar el fruto que reciben todos los fieles vivos que asisten al Sacrificio. Por eso tampoco hace el celebrante el signo de la cruz en el introito y tampoco se da la bendición al final de la Misa.

La oración que acompaña a la infusión del agua en el cáliz: Deus qui humanae substantiae… nos explica en parte el sentido místico de la mezcla del agua y el vino. ¿Qué pedimos en esta oración? Participar en la naturaleza divina, según las palabras de San Pedro: Dios os ha concedido por Jesucristo las mayores promesas para haceros partícipes de la naturaleza divina (2 Pet. 1,4). He aquí un misterio de inefables consuelos.  La naturaleza humana, pobre y frágil, es elevada a un estado sobrenatural por los dones y gracias que se le han comunicado; está adornada con una riqueza inapreciable y una indecible belleza. Los Santos Padres hablan de una deificación del hombre, entendiendo por ello una unión sobrenatural, misteriosa y beatífica del hombre con Dios. Es de estos dones de la gracia de los que hablaba Santa Inés, virgen y mártir, cuando con santo entusiasmo decía de su Esposo Celestial: Ha cubierto mi pecho de joyas relucientes, me ha revestido con un vestido tejido de oro, me ha adornado con los más nobles aderezos, me ha mostrado tesoros incomparables que me pertenecerán si le soy fiel. Así, nosotros pedimos esta participación en la vida y la gloria de Jesucristo por el misterio de este agua y de este vino (per huius aquae et vini mysterium), es decir, por el misterio figurado en esta mezcla: es la encarnación, con la pasión y la muerte del Hijo de Dios (de la que brotan el agua y la sangre), el comienzo y la consumación de la obra de nuestra redención. De ahí provienen todas las gracias. La aceptación de la naturaleza humana por el Hijo de Dios y su muerte por nosotros hacen de nosotros  hijos de Dios, hermanos y coherederos de Cristo Jesús.

Otro misterio figurado por la mezcla del agua y el vino es la unión mística de los fieles con su Cabeza, especialmente realizada en la recepción dela Sagrada Eucaristía. Por esta unión con Él, la vida divina circula en todos los miembros, como la savia se extiende por la cepa en todas las ramas de la viña. Esta comunicación es tanto más abundante, cuanto más íntima es nuestra unión con Jesucristo en su sacramento.

Para ser más fácilmente escuchados, apoyamos nuestra plegaria sobre dos hechos que prueban la misericordia de Dios con respecto a nosotros: la creación y la redención. La dignidad del hombre, tal como Dios lo ha creado, es admirable. Es el rey del mundo visible; lo ha creado poco inferior a los ángeles, es coronado de gloria y honor; pues Dios no ha dejado en el Paraíso la naturaleza humana en su indigencia y bajeza, sino que la ha enriquecido con dones sobrenaturales. El hombre se precipitó desde esa altura en el abismo del pecado y de la miseria. Pero Dios lo ha levantado de una manera más maravillosa todavía: Deus qui humanae substantiae dignitatem mirabiliter condidisti et mirabilius reformasti… El amor, la sabiduría, el poder de Dios iluminan con un esplendor incomparablemente mayor en la redención que en la creación. Nos habría sido inútil nacer, si no hubiéramos sido rescatados.

 (Girh, Le sacrifice de la Messe, pp. 173-176).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s