La Oblación-2

El Canto del Ofertorio.-

La oblación comienza con el beso del altar y el saludo del sacerdote: Dominus vobiscum.- Et cum spiritu tuo. El sacerdote y los asistentes expresan así su mutuo deseo de ser asistidos por la gracia divina, a fin de celebrar el santo sacrificio con una fe viva y sentimientos conformes a los de Jesucristo, así como ofrecerse ellos mismos a Dios en unión con la víctima adorable y serle agradables. Cuando más se acerca el augusto momento, más necesidad tenemos de la ayuda de lo alto.

La palabra Oremus, pronunciada ahora por el sacerdote, se refiere no solamente al canto del ofertorio, sino a todo las oraciones que se irán recitando a lo largo de la oblación. Es una invitación a todos los asistentes para que se unan a él con todo recogimiento y piedad, redoblando la atención y el fervor, orando y sacrificándose con él. Nuestras disposiciones interiores dan a nuestra ofrenda todo el valor a los ojos de Dios. 

Inmediatamente, el sacerdote lee una antífona designada en el Misal bajo el nombre de offertorium. Se atribuye a San Gregorio Magno (siglo VI) su forma especial; en su Antifonario, el Ofertorio está compuesto de una antífona y varios versículos. Antiguamente se cantaba entera repitiendo algunos versículos, mientras se llevaba a cabo la procesión de las ofrendas. A partir del siglo XII, el uso de la oblación se perdió poco a poco y quedó abreviado el canto del salmo. Así quedó definitivamente la antífona, recitada por el sacerdote inmediatamente antes de la ofrenda del pan y del vino. Su contenido varía según las fiestas y expresa una idea conforme a la solemnidad del día. Por lo tanto, tiene la misma finalidad que el introito o el gradual.  

Los elementos del sacrificio.-

El pan y el vino son los dos elementos necesarios para la validez del sacrificio eucarístico; se les llama materia del sacrificio. Hay que comprender bien esta expresión. NO significa que formen parte de los dones ofrecidos a Dios y del sacrificio propiamente dicho, en el mismo sentido que el cuerpo y la sangre de Jesucristo. Como sobre la Cruz, Nuestro Señores, sobre el altar, la única víctima. La sustancia del pan y del vino pertenece a la Eucaristía en tanto que se convierten en el cuerpo y la sangre de Jesucristo; las apariencias que permanecen, tienen por fin hacer de la ofrenda de la víctima adorable un sacrificio visible. Las relaciones íntimas que existen entre la materia del sacrificio y Jesucristo, nos indican con qué respeto debe ser tratada, incluso antes de la consagración. ¿Por qué el Salvador ha escogido el pan de trigo y el vino de la vid como elementos del sacrificio? ¿Cuáles son las prescripciones de la Iglesia respecto a la preparación del pan y del vino. Responderemos a estas cuestiones.

I.- En la institución de la Sagrada Eucaristía, Nuestro Señor consagró el pan y el vino y prescribió para siempre el empleo de estos elementos en el sacrificio eucarístico. La elección de esta materia dependió de su libre voluntad. Pero como la sabiduría divina ordena todo con amor, se pueden descubrir varios motivos de la conveniencia de estos elementos para el fin que el Salvador se propuso. La Eucaristía no es sólo un sacrificio, sino también un sacramento: bajo estos dos puntos de vista, el pan y el vino son completamente apropiados para su finalidad santa y sublime. El grano de trigo y el grano de uva son indudablemente los productos más nobles del mundo vegetal. Estas primicias de las criaturas y de los dones de Dios (decía San Ireneo), representan a la naturaleza entera, que se ofrece al mismo tiempo por la oblación del pan y del vino.

La ofrenda del pan y del vino es también un símbolo del don hecho por el hombre de su persona y su vida, ya que el pan y el vino son los alimentos más naturales, más sustanciales. Esto es lo que hacía decir al Salmista: Dios produjo la hierba para el uso del hombre a fin de que consiga el pan del suelo y que el vino regocije su corazón… y que el pan fortifique su cuerpo (Ps. 103, 14-15). Estos dones por tanto, representan la ofrenda a Dios de todas las criaturas, tal como exige el Creador; con el pan y el vino, nosotros le consagramos nuestro ser y todo lo que nos pertenece. Tal como se dirá después en el Memento de Vivos del Canon: qui tibi offerunt pro se suisque ómnibus (que te ofrecen por ellos mismos y por todos los suyos). Notemos además, que las especies separadas del pan y del vino son un signo completamente apropiado de la separación del cuerpo y la sangre en la muerte violenta de Jesucristo.

II.- Respecto a las prescripciones eclesiásticas sobre los elementos de la Sagrada Eucaristía, la Iglesia quiere ante todo que la materia destinada a la consagración no solo sea válida y segura, sino también lícita y lo más perfecta posible. El pan del sacrificio debe ser de harina pura de trigo, mezclado con agua natural y cocido al fuego. El vino del sacrificio, obtenido de racimos de uva prensada, debe ser perfectamente fermentado y no corrompido o descompuesto por medios artificiales. Puede ser rojo o blanco, débil o fuerte, dulce o seco. En cuanto al color, hay que observar que el vino rojo simboliza mejor que el blanco la sangre de Jesucristo. 

Hace falta además que el pan sea ázimo y que el vino esté mezclado con un poco de agua. Estas dos condiciones son muy importantes y estrictamente mandadas por la Iglesia, aunque no sean necesarias para la validez, sino solamente para la licitud de la consagración.

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