Jn. 13, 21-30

No voy a transcribir la cita aquí. Así cada uno tiene que sacar el Nuevo Testamento y encontrarlo por su cuenta. El ejercicio no vendrá mal.

Esta es una escena entrañable a la vez que desgarrador. Se percibe, o mejor, se palpa, a la vez una terrorífica presencia del demonio, con todo su odio, toda su soberbia, toda su repugnancia, junto con otro elemento que mejor se describe con una palabra que no acostumbramos(por error) utilizar al hablar de nuestra relación con Jesús: la ternura, junto con la confianza de donde puede brotar esa cercanía.

Por un lado está la entrañable escena de San Juan, recostado sobre el pecho de Jesús. La cercanía de dos amigos entre los cuales hay una confianza perfecta. La presencia de Jesús siempre imponía. No hay más que ver la manera que tenían los fariseos de tratarle, siempre con sus malas artes y engaños, pero se le acercaban con respeto. Entre sus amigos, entre sus más cercanos, ese respeto no restaba nada a la cercanía total, sin extrañezas, llena de ternura. Ojalá nuestra oración fuera más un rato de recostar nuestra cabeza en el pecho de Jesús: ¡quién pudiera seguir el ejemplo de San Juan!

Choca esa ternura con el odio de Judas. Esta es la escena en que Satanás entra definitivamente en él. Si había alguna reserva en la cabeza de Judas, aquí consiente, del todo, a la tentación, y no hay vuelta atrás. Cuánta podredumbre había infectado ya el corazón del traidor. En todo lo que hacía Jesús, Judas le miraba con ese odio que tintaba cuanto veían sus ojos. Jesús revela a San Juan quién es el que le va a entregar a través un último acto de caridad hacia Judas. Le entrega un trozo de pan mojado. Judas ya no podía aguantar más y con ese gesto de cariño, con esa muestra de ternura, el demonio, Satanás, entra en él. Cuando está de por medio el demonio, la comunicación se destroza completamente. Se desbarata irremediablemente. Entra la soberbia, el odio, la inquina y todos son malentendidos. Incluso las palabras mejor intencionadas se toman a mal. Pasa en los matrimonios, entre padres e hijos, entre amigos, entre hermanos. Característica infalible: allí está presente Satanás.

Sin embargo, entre Jesús y San Juan no había ningún problema de comunicación. San Juan sabía que podía preguntarle cualquier cosa a Jesús y sabía que le iba a entender. Sabía que no hacía falta largas y farragosas explicaciones. Más se entendían con el corazón que con las palabras; lo que podía faltar en las palabras, el cariño lo suplía. También entre San Pedro y San Juan hay una comunicación perfecta: el resultado del amor que se profesaban. Con señas, San Pedro le insta a San Juan que le pregunte a Jesús quién iba a traicionarle. San Juan, en voz baja y con discreción, y seguro que sin muchas palabras, le hace la pregunta, y Jesús no tarda en responder. Así es la comunicación entre los que se quieren.

“Lo que vas a hacer, hazlo pronto”. Pero ninguno de los que estaban a la mesa supo por qué le dijo esto.

Jn. 13, 28

Los demás no entendían este lenguaje en que se había metido ya el diablo. La oscuridad y la confusión hizo que no se percataran de lo que Judas estaba a punto de hacer. Si no, uno se imagina que hubieran hecho todo lo posible por pararle.

Suficiente por hoy.

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