Jn. 13, 17

Bienaventurados sois si conocéis estas cosas, si las hacéis.

Este doble paso para conseguir la bienaventuranza: conocer y hacer.

Desde el mismo capítulo 13 hay un tema que se repite una y otra vez hasta culminar en la muerte física de Jesucristo. Nos muestra lo que significa imitar esa muerte en cruz mientras todavía caminamos en esta tierra. Nos da mil y una maneras de vivir esa muerte(con toda la paradoja que supone), que es la única manera de terminar en la Resurrección.

La entrega de la vida es clave para vivir el cristianismo. Lo dejó claro Jesucristo al decirnos, hablando de su vida, “Nadie me la quita, sino que yo la doy voluntariamente” (Jn. 10, 18). La entrega voluntaria de la vida, por obediencia al Padre, es el valor que tiene la muerte en cruz. La entrega de la vida propia que llevó a cabo Jesús en la Cruz ya lo había hecho mil veces antes de llegar a esa entrega final.

La muerte le venía, sin duda alguna, a manos de los judíos; repetidas veces lo anunció Jesús a lo largo de sus tres años de vida pública. Sin embargo, pudo decir el Hijo de Dios que nadie le quitaba la vida, sino que Él lo entregaba voluntariamente. Dichosos somos si lo entendemos.

A nosotros nos impone la Iglesia algunos días de ayuno a lo largo del año: pocos, muy pocos. Pero el hecho de que nos son impuestos no les quita valor. Tenemos que ayunar. Pero yo puedo ayunar porque me lo han mandado, y a la vez entregar ese sacrificio con amor. Ayunar a regañadientes no sirve para nada salvo para añadir disgusto al hambre. (Es el momento de volver a leer los primeros versículos del capítulo 13 de la Primera Carta a los Corintios.)

Estos días el pueblo fiel se ha quedado sin la Santa Misa por esta llamada de atención de Dios que se llama coronavirus. Se entiende la protesta lógica de aquellos que tanto valoran la Misa al conocer tan bien lo que es. Pero, conociendo que es el Sacrificio Supremo del Hijo de Dios que nadie le impuso sino que Él entregó libremente, y valorando lo que es ¿no será que los cristianos deberíamos plantear esta ausencia de la Santa Misa de la misma manera? Parece que a mano está la oportunidad de no dejar que nos quiten la Santa Misa, sino que podemos entregar esta dificultad como algo agradable a Dios, aunque solo sea por no lograr mi propia voluntad –que sería poder ir a Misa, comulgar y confesarme cuando yo quiero, donde yo quiero y con el sacerdote que yo quiera.

Nos hace falta práctica en esto de morirnos a nosotros mismos. Permitimos que nos quiten demasiadas cosas, y así desperdiciamos el valor de nuestra propia entrega. Una vez que nos lo han quitado… ya no lo podemos entregar. Cuando algún inoportuno me quita mi tiempo… yo ya no lo puedo entregar. Cuando algún indigente me quita la limosna por su insistencia, ya no lo puedo entregar. Claro que le puedo dar una moneda, pero su único valor será el de callar la voz molesta del que pide. Cuando algún molesto me quita alguna comodidad mía, ya no puedo morir a mi mismo y entregar aquello como ofrenda suave y de buen olor a Dios. Los ejemplos son casi infinitos, y la bienaventuranza viene de comprender que hemos de morir en todo a nosotros mismos.

Suficiente por hoy. Bienaventurados somos si conocemos estas cosas, si las hacemos.

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