Jn. 13, 12-16

Así como Jesús lavó los pies a sus apóstoles, hemos de lavar los pies a los demás… Y para aquel acto de tanta humildad de lavarles los pies, primero Jesús se quitó el manto. Es curioso cómo el evangelio nos explica tanto que se lo quitó como que se lo volvió a poner. El quitarse el manto era quitar aquello que le vestía, quedar a la vista de todos, y con el aspecto de sirviente, ceñido con una toalla. Para rebajarse a ese nivel, es necesario quitarse el manto de todo aquello que me viste, y se dejamos de lado el manto físico, hay un manto que consiste en esa idea que tengo de mi mismo en donde confluyen mi orgullo, mi vanidad y esa idea tan grandiosa que tengo de mi mismo. Para rebajarme a hacerme el último de entre todos los demás, tengo que despojarme de ese manto. Tragarme mi orgullo, olvidarme de mi vanidad, apagar esa estima tan alta en que me tengo. Total, nunca será tanto lo que me tengo que rebajar como el Hijo de Dios que se hizo hombre, y luego que se hizo sirviente. Y la gran diferencia es que Su dignidad era real, se despojó de un rango y una altura que le correspondía. Mi “rango” y mi “altura”, por lo general, lo fabrica mi propia vanidad y se basa en lo que yo creo que los demás deben pensar de mi y cómo me han de estimar.

Ese manto no se cae con tanta facilidad. Pero una vez que logramos quitárnoslo, entonces lavar los pies a los demás ya no cuesta tanto. Y no solo vemos que ése es nuestro sitio, el de sirviente, sino que podemos llegar a entender que sí somos capaces de amar a aquellos a quienes tanto nos cuesta.

Es la imitación de Cristo: “Pues si yo, que soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros os pies unos a otros”. Pero, como bien explica la biblia… primero hay que quitarse el manto. “Os he dado ejemplo para que como yo he hecho con vosotros, así lo hagáis vosotros.”

Y, por si acaso encontramos que tenemos demasiado pegado el manto, o si creemos que en nuestro caso sí está justificado que no nos lo quitemos por nuestra propia y tan gran dignidad, el Señor remata la enseñanza poniendo nuestros pies bien asentados en la tierra: “Os lo aseguro, no es el siervo más que su señor, ni el enviado más que el que lo envía.” Si lo hizo Él. Si Él se quitó un manto verdadero, y se rebajó de verdad… cuánto más ese manto ficticio que nosotros mismos fabricamos para nuestra supuesta gloria mundana ha de caerse al suelo. Qué gran gracia sería que ese manto se quedara desintegrado, de una vez por todas, en el suelo.

Suficiente por hoy.

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