Evangelio según San Juan 13, 9-11

Simón Pedro le dice: “Señor, no sólo mis pies, sino hasta las manos y la cabeza”. Jesús le contesta: “Quien se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, pues todo él está limpio, y vosotros estáis limpios, aunque no todos”. Pues sabía quién era el que le iba a entregar; por eso dijo: “No todos estáis limpios”.

“No todos estáis limpios.” Y el Señor sabe que no todos están limpios. Tantos lugares se han quedado sin los sacramentos o con muy difícil acceso a ellos. Los fieles no pueden acceder a las Misas que dicen en las parroquias a puerta cerrada, y puede que no haya posibilidad de salir de casa siquiera, para acudir a la iglesia a buscar el consuelo y la limpieza de la confesión. Recordad, pues, lo que la Iglesia enseña acerca de la contrición perfecta.

Jesús, vestido de sirviente, toalla ceñida para limpiar los pies de sus apóstoles, nos ayuda entender el sentido de la contrición perfecta, y cómo opera en nosotros. La raíz de tal enseñanza radica en el hecho de que Dios sí toma el amor en serio. La contrición perfecta, tal dolor de los pecados sin mezcla de egoísmo por mi parte, se logra moviendo el corazón hacia ese dolor al darnos cuenta de Quién es Aquel a que hemos ofendido. Pero, al concebir a Dios como mi Rey y Señor, puede que el corazón tienda más bien a pensar en el castigo o la retribución que me espera al haberle ofendido. ¡Una ofensa al Rey de Reyes! Ahora bien, si le veo a Jesús como el que ama de tal manera que le lleva a lavar los pies de aquellos a quienes tanto quería, me será más fácil comprender el daño hecho al Amigo a quien he traicionado. Es más fácil ver a Jesús, pequeño, haciendo labores de sirviente, lavando los pies a los demás, para olvidarnos de nosotros mismos y comprender que a ese Amigo más vale morir que perpetrar un acto de traición, cualquier pecado.

Ese dolor — que ya no es por mi, ya no es por lo que me acarrea a mi el haber pecado contra Dios, sino tan solo es por haber traicionado al Amigo — es la contrición perfecta. Mis intereses ya no cuentan (evitar el Infierno y no perder el Cielo), sino tan sólo que he ofendido a Aquel al que he de amar con toda mi mente, mis fuerzas y mi corazón.

Y según la enseñanza perenne de la Iglesia, esta contrición perfecta conlleva el perdón de los pecados, incluso mortales, aun antes de recibir la confesión sacramental, porque es un acto de amor perfecto; completamente desinteresado. Como se puede comprender, lógicamente, es necesario que esta contrición perfecta vaya unida al deseo de recibir el sacramento de la confesión. Pero según enseña el Concilio de Trento, para que no haya dudas, la contrición perfecta confiere al que se encuentra en pecado mortal la gracia de la justificación aun antes de que éste reciba actualmente el sacramento de la penitencia.

Suficiente por hoy. Vuelve a leerlo. Medítalo. Grábalo en el corazón.

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