11.2 Gloria in excelsis Deo

Qui tollis peccata mundi, miserere nobis. Tú, que quitas los pecados del mundo, te piedad de nosotros. Para expiar nuestros pecados, Jesucristo ha derramado su sangre hasta la última gota; para retener el brazo de Dios irritado contra los crímenes que inundan la tierra y que exigen la justicia divina; para tener piedad de nosotros, de nuestras debilidades y nuestros errores, el Hijo de Dios ha tomado un corazón verdaderamente humano y ha hecho de él el verdadero trono de la misericordia, permitiendo que la lanza lo atravesara.

Qui tollis peccata mundi, suscipe deprecationem nostram. Tú que quitas los pecados del mundo, acoge nuestras súplicas. Convencida de la misericordia y condescendencia del Salvador, que nos ha  amado y nos ha lavado de los pecados con su sangre (Apoc. 1,5), la Iglesia repite casi la misma oración. Puesto que se ha ofrecido como víctima de propiciación por todos, escuchará también la oración de los que le suplican y los salvará (Ps. 94, 19).

Qui sedes ad dexteram Patris, miserere nobis. Tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros. Incluso por su naturaleza humana sobrepasa todas las criaturas en poder y en gracia, participando de manera plena de la gloria y la omnipotencia divina. En esta sublime dignidad, no solamente es nuestro mediador cerca del Padre y nuestro abogado todopoderoso; es también nuestro Señor infinitamente misericordioso, nuestro Dios siempre dispuesto a perdonarnos con bondad y asistirnos en nuestro peligros y necesidades.

Al comenzar el Gloria ofrecemos a Dios, con un santo entusiasmo, nuestros homenajes y acciones de gracias. Al recordar nuestra miseria, dirigimos nuestras oraciones más fervientes a Jesucristo, que ha muerto y resucitado, que está sentado a la derecha del Padre e intercede por nosotros (Rom. 8, 34). Tras este grito de súplica, los acentos de la alegría y del triunfo reaparecen y el Gloria se acaba acentuando la magnificencia del Señor.

Quoniam tu solus Sanctus, tu solus Dominus, tu solus Altissimus Jesu Christe, cum sancto Spiritu, in gloria Dei Patris. Amen. Porque tú solo eres Santo, sólo tú Señor, sólo tú Altísimo Jesucristo, con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre. Amén. Cuanto más se ha abajado Jesucristo por nosotros y por nuestra salvación, más debemos dirigirle con reconocimiento y alegría las palabras que dan testimonio de su soberano dominio, de su santidad infinita y de su divinidad. Todas estas expresiones son usadas en el Antiguo Testamento y también en el Nuevo, para designar al verdadero Dios. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, por su esencia son el sólo Santo, el sólo (único) Señor y el sólo Altísimo. Hay que notar que aquí se habla de sólo, en sentido esencial y no en sentido accidental.

Jesucristo es absoluta e infinitamente santo, fuente y modelo de toda santidad creada: también en su humanidad están escondidos todos los tesoros de gracia y de virtud. Es el Señor, el maestro absoluto y el juez del universo; es el señor poderoso, el Rey de reyes y el Señor de los señores (1 Tim. 6, 15). Todas las creaturas le sirven. En particular el hombre le debe el respeto más profundo y la sumisión total. Es también nuestro Señor como hombre: pues ha venido a pagar nuestro rescate vertiendo su sangre. Y es el Altísimo: Su grandeza y majestad sobrepasan infinitamente toda creatura. Su santa humanidad es elevada y glorificada por encima de todo. Pues Dios ha puesto todas las cosas bajo sus pies (Eph. 1, 20-23).

El cántico angélico del Gloria se acaba con una mirada rápida hacia el cielo, hacia la gloriosa majestad de Dios en sus tres personas. Manifestamos nuestra alegría de que el Hijo y el Espíritu Santo poseen desde toda la eternidad la misma gloria que el Padre. Así obedecemos también la consigna del Apóstol: Toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre (Phil. 2, 11).

Durante que recita el Gloria, el sacerdote está en medio del altar, de pie y con las manos juntas. Están prescritos un pequeño número de movimientos para apoyar sus palabras y destacarlas. Diciendo Gloria in excelsis, extiende las manos y las eleva sobre los hombros, para mostrar su ardiente deseo de alabar a Dios. Al decir Deo, junta las manos e inclina la cabeza hacia la cruz del altar, pues el nombre de Dios es santo (Ps. 90, 9). Esta inclinación de la cabeza se repite cuando se dice adoramus te, gratias agimus tibi, suscipe deprecationem nostram y Jesu Christe, para hacer –no solamente con palabras, sino con el cuerpo-, actos de adoración, de acción de gracias, de oración y de profundo respeto.

Pronunciando las últimas palabras del Gloria, el celebrante hace sobre sí la señal de la cruz, afín de terminar convenientemente este himno de alabanza. Como la Señal de la Cruz es una representación simbólica de la Santísima Trinidad, se puede referir también a la glorificación de Dios en las tres personas contenida en el versículo final.

(Cfr. N. Gihr: Le Saint Sacrifice de la Messe, vol. 2, p. 41-44)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s